miércoles, 28 de mayo de 2014

¿Y AHORA QUÉ?

Han pasado las elecciones y se multiplican las incógnitas. Mientras se ha configurado un Parlamento Europeo en el que mayoritariamente no se cree en Europa,  en nuestro país ha caído el bipartidismo y se asiste al auge de los partidos minoritarios.  Independientemente de las lecturas que cada uno se haga, dos cuestiones son obvias: la preocupante situación europea dominada por la extrema derecha y el giro a la izquierda de la población española. Tras los resultados electorales hay que ponerse a trabajar ya. Las elecciones generales, municipales y autonómicas están a la vuelta de la esquina y todo indica que se han acabado, por fin, las mayorías absolutas. Si se cumplen las previsiones, dentro de un año y medio gobernará la izquierda en nuestro país. No hay tiempo que perder. Es momento de reflexión, de diálogo,  de iniciativas y de pactos. Un partido ya no puede pensar solo en su aparato. Urgentemente debe dar respuestas a lo que demanda la sociedad y debe entenderse con otras formaciones que luchan por lo mismo. En nuestro país los partidos de izquierda están condenados a entenderse, si quieren realmente que haya un cambio. Pero no olvidemos el peligro: a pesar estar hundido el PP, la fragmentación de la izquierda, si no hay pactos, podría conducir a los populares a La Moncloa una vez más y con poquísimos votos. Si no queremos que esto ocurra, los partidos de izquierda deben reflexionar sobre sí mismos sin dilación. Tienen que trazar una hoja de ruta y entenderse entre ellos, pero siempre pensando que son opción de gobierno. Hay que dejarse ya de cómodas posturas de oposición, olvidar milongas y pensar en gobernar. No olvidemos a lo que ha conducido la abstención y el discurso populista en Francia. 

domingo, 18 de mayo de 2014

EL SURIMI Y LA LANGOSTA NO SON LO MISMO

La mujer loca, la última novela de Juan José Millás, sin convertirse en un éxito de ventas arrollador conserva, desde hace unas cuantas semanas, una posición privilegiada en las listas de los libros más vendidos en nuestro país, y eso que todavía no ha llegado la Feria del Libro de Madrid, donde se le augura el mismo éxito que en las recientes ediciones de la  Fira del Llibre de València y el Sant Jordi de Barcelona.

Me sorprende para bien, aunque Millás tiene sus lectores incondicionales, que una novela tan particular como ésta esté por encima de los best-sellers al uso y las incursiones literarias de los presentadores de televisión metidos a escritores o con nombre alquilado a sellos editoriales, que a fin de cuentas es lo mismo. La mujer loca es un interesante juego sobre los límites de la realidad y la ficción. Una exploración sobre el género narrativo lleno de agudeza e ingenio. Una reflexión sobre el yo y su desdoblamiento, del juego filológico y de los campos semánticos. En definitiva, el clásico ser y parecer  sobre el que fundamos nuestra existencia. Por ello me congratula que un gran número de lectores de este país prefiera una novela como ésta, tan compleja,  irónica y exquisitamente escrita.

Me gusta Millás. Me gusta La mujer loca, aunque esté cansado de tanta metaliteratura autoreferenciable.  Es como si de un tiempo a esta parte la galaxia libresca hispana estuviera azotada por la maldición de Moctezuma en versión plagio de Enrique Vila-Matas. No lo digo por Millás, porque en esta novela es fiel a su marca de la casa, sino por la gran cantidad de metavilamatianos y ultramillasistas de baja estofa  que nos rodea. Algunos críticos literarios con anteojeras parecen no querer enterarse de que el surimi y la langosta no son lo mismo. ¡Qué pesados con la transgresión de los esquemas de la novela clásica! Afortunadamente ni Galdós, ni Dickens, ni Zola ni Tolstoi están superados. Pensar lo contrario es una soberana estupidez. En literatura caben muchos mundos y todos son válidos, si son buenos. Digo.

jueves, 15 de mayo de 2014

TOMAR POSICIÓN



Estos días he leído una serie de artículos relacionados con la Generación del 14, cosas de los centenarios. Dicha generación se movió en un contexto histórico que podría guardar ciertas similitudes con el actual, no lo niego, pero hasta ahora, al menos que yo sepa y en nuestro país,  no ha aparecido ningún Ortega y Gasset capaz de aplicar sus conocimientos filosóficos a la búsqueda de soluciones. La corrupción todo lo impregna, los políticos están desprestigiados, la falta de recursos, la pobreza, el desconcierto, el desánimo y el pesimismo de la población campan a sus anchas, mientras las actitudes populistas, xenófobas y fascistas proliferan. ¿Dónde están los intelectuales? ¿Dónde está el debate intelectual en la sociedad? ¿Dónde está la sociedad civil? ¿Dónde está el compromiso para cambiar las cosas? Voceros no faltan en los medios de comunicación y en las redes sociales, pero faltan los intelectuales. El concepto orteguiano del hombre masa está vigente y tardará en superarse.

Extraigo un párrafo de Cuando las imágenes toman posición, de George Didi-Huberman. Al referirse a Bertolt Brecht, otro intelectual del periodo de entreguerras, dice que "nunca trabajaba sin tomar posición, nunca tomaba posición sin buscar saber, nunca buscaba saber sin tener ante sus ojos los documentos que le parecían apropiados. Pero no veía nada sin deconstruir y luego remontar por su propia cuenta, para exponerlo mejor". La toma de posición como epistemología. Aquí lo dejo.