sábado, 19 de enero de 2013

LEYENDO A CAMUS

Estoy releyendo El extranjero, la novela de Albert Camus en la nueva edición de bolsillo de Alianza Editorial de la ya clásica traducción del poeta José Ángel Valente. Una buena manera de rendir homenaje al escritor franco-argelino en el centenario de su nacimiento.  Siempre vale la pena  releer a Camus, un autor que desgraciadamente se lee poco en la actualidad. Esperemos que con motivo del centenario sean muchos los lectores que se  acerquen a una de las obras literarias más fascinantes del siglo XX.


Lo descubrí con quince años y siempre me ha acompañado. En esto de la lectura y lo afrancesado he sido un poco aventajado, tal vez porque he vivido atacado por el síndrome de Saint Germain Des Prés. Tu es le seul miroir où je peux contempler ma jeunesse. Bonjour tristesse. Leí su teatro y su narrativa en un volumen de la Editorial Aguilar encuadernado en verde. Luego vino El mito de Sísifo en la edición argentina de la Editorial Losada. Devoré sus obras y quedé perplejo, cosa normal en un chaval de quince años que no entendía casi nada de lo que leía, aunque quedara fascinado y le pasara un poco como al adolescente  de Le souffle au coeur, la película de Louis Malle, pero sin Charlie Parker y sin relaciones incestuosas. Un adolescente que leía a escondidas libros prohibidos en una ciudad triste y gris como era Valencia en la época de Franco, tan alejada del París de los existencialistas. En mi ciudad viví una formación, más bien diría autoformación sin referentes, en la que Camus se encargó de abrir puertas y ventanas. Balcones. Años más tarde, cuando leí su novela póstuma e inconclusa, El primer hombre, me sentí indentificado. Camus también creció sin referentes.

En todos estos años me he acercado varias veces al autor de El extranjero desde diferentes escenarios, sabiendo ya que era eso de la filosofía del absurdo. Esa negación de la razón, los sentimientos y las emociones que lleva consigo el aburrimiento de la existencia. Eterno y cotidiano Meursault.

miércoles, 2 de enero de 2013

MENINA MENTIS

Por fin he podido disfrutar con tranquilidad de la exposición de Manolo Valdés en l'Almodí de Valencia, algo que parecía imposible debido a los horarios irracionales de las salas de exposiciones municipales, más pensadas para los turistas extranjeros -que, por cierto,  no las visitan- que en los propios ciudadanos valencianos interesados en el arte, a los que les es muy difícil conciliar su horario laboral con el de las exposiciones. Parece que el equipo de gobierno en el Ayuntamiento de Valencia está interesadísimo en dificultar el acceso de los contribuyentes a las exposiciones que organiza. A los hechos me remito. Una gota más en el cruel desmantelamiento de lo público que está llevando a cabo el gobierno del Partido Popular con la excusa de la crisis.

Unas quince pinturas y media docena de esculturas pertenecientes a colecciones particulares valencianas componen esta interesante exposición de Manolo Valdés. Una muestra suficiente para acercarnos a lo más significativo de su obra y su estética: una visión del mundo a partir de la Historia de la Pintura, con sus series y pretextos, con sus pintores y obras constantemente revisitadas -Velázquez, Matisse, Bonnard...- y otros elementos e iconos de la vida cotidiana, como Mickey Mouse o la bolsa del Metropolitan Museum de Nueva York. Vueltas y revueltas al Pop Art del que Manolo Valdés bebe constantemente de una manera muy personal.

Pintura de pintura o pintura sobre pintura, pero siempre reflexión constante sobre las imágenes, sobre los iconos de la Historia del Arte, sobre la Historia de la Pintura, sobre la cultura occidental. Juego de matrioskas para establecer una reflexión sobre las imágenes ¿Quién interroga a quién, la imagen o el espectador? Juego de la memoria, del tiempo, en definitiva, de la cultura, que viene a ser lo mismo. La imagen como anacronismo.

Manolo Valdés pintor, Manolo Valdés escultor ¿Dónde acaba la pintura y donde comienza la escultura, o viceversa? Pintura matérica con arpilleras, desgarros, recosidos y masa pictórica densa que juegan con la luz y las texturas para parecer esculturas. Esculturas que muestran las diferentes calidades de la madera para remitirnos a la pintura a través de la forma, de la  imago mentis, de la imagen de la memoria.

 ¿Arte memoria, memoria icónica o imago mentis? ¿Réplica y realidad,realidad replicada o realidad/replica  y replica/realidad imaginadas? Lo verdaderamente real es la memoria que nosotros proyectamos sobre la forma que nos manifiesta el objeto cuadro y el objeto escultura que sale de la materia. Mundo en mundos.


Pienso en las palabras de Lévi- Strauss parafraseadas por Ricardo Piglia en El último lector: el arte es una forma sintética del universo, un microcosmos que reproduce la especificidad del mundo. Pero al que no podemos acercarnos, y aquí hablo yo, sin la memoria. Imago meninaImago mentis. Menima mentis. Ser o parecer con nuestra memoria, con nuestra cultura, con la imagen anacrónica por naturaleza.