domingo, 21 de diciembre de 2014

DONDE ESTUVO FERNANDO DELGADO

Soy un lector intermitente de poesía. Por desgracia no sigo muy de cerca todo lo que se publica, aunque intento estar al día de algunos poetas, tanto en catalán como en castellano, y siempre  me gusta tener un poemario cerca para ir leyéndolo poco a poco, paladeándolo. Un poemario se debe leer poco a poco, disfrutándolo, estirándolo en el tiempo. Conmoviéndose y reflexionando. Una lectura de días, de semanas.  Lectura larga y sin fin.  Lo demás es pasar lo ojos por las letras, por las palabras sin ser nada.

Estas últimas semanas he sido voraz en lecturas poéticas, aunque la poesía no se puede devorar.  La voracidad que hablo es en términos de lectura constante y reflexiva, lo que ha anulado por unos días mi condición de lector intermitente de poemas. Ello se ha debido a uno de los poemarios más bellos que he leído en los últimos tiempos:  Donde estuve, de Fernando Delgado, publicado por la Fundación José Manuel Lara. Un poemario intenso y profundo que se deja devorar. Un canto a la libertad y a la vida. Una reflexión sobre el tiempo y la memoria, la vida y la muerte, sobre la pérdida, pero también sobre la esperanza.  

La memoria no es útil a los dioses,
tan ajenos al paso de los tiempos,
como si por ellos no pasaran los días,
pues no conocen la vejez,
que es lo que a mí me ocurre ahora,
cansado como estoy de mi propia divinidad.

Poemas descriptivos, largos e intensos en los que la poesía se muestra sin artificio, sin encorsetamientos. Poesía de la experiencia, retazos de biografía – todo escritura es autobiográfica- en una búsqueda del yo que se fue y que es, que tiene un efecto refractario en el lector. Poemas sensuales a los que ayuda la evocación del paisaje y de la música. Ni siquiera falta el  grito, la protesta, la denuncia ante la intolerancia y la falsedad, ante el abuso, la opresión o la eternidad:

¿Dura la eternidad hasta que llega,
implacable, el olvido?
Pues ni siquiera eso.
La vanidad del hombre lo lleva a construirse
las ciudades eternas.
Y hasta Dios se ríe de su propia eternidad
habiendo conocido a tantos dioses muertos.
Hubo dioses tenidos por eternos
de los que sólo queda,
más que el recuerdo de su gloria,
el miedo atroz de quienes les temieron.


Dividido en cuatro partes -Geografía íntima, Alas de sombra, Mal de ojos, No es muda la muerte-  y un epílogo, el resultado es un poemario tremendamente unitario con algunas figuras como solución de continuidad (los ojos, los pájaros, el mar), presentes en la poesía de Fernando Delgado y cargados de polisemia. Pero  en este poemario tenemos  sobre todo la palabra que, como dice en el poema que sirve de introducción,  “o es palabra de honor o no es nada”.


Publicado en 360gradospress. nº 283

LUIS LANDERO EN EL BALCÓN



Yo vengo de un tiempo en el que casi todo pasaba en el balcón. La casa del mis padres en la que transcurrió mi infancia tenía un balcón lleno de geranios que daba sobre la plaza de Sant Bult, en pleno corazón de la ciudad de Valencia. Desde allí, y sobre todo en verano cuando salíamos a tomar la fresca, veíamos pasar la vida protegidos por una persiana, porque las persianas siempre han protegido de alguna cosa más que del sol. Lo mismo hacían todos los vecinos en esa época sin aire acondicionado y en la que la realidad era de carne y hueso, no catódica. El balcón era una atalaya privilegiada desde la que se veía como fulano, que vivía al lado,  había prosperado o como a zutano la suerte le había abandonado. Me produce mucha tristeza pensar que la televisión ha sustituido en la observación vital a a los balcones y ventanas y como ésta se ha hecho tan zafia.

Al leer la última novela de Luis Landero, El balcón en invierno, he recordado el balcón de  mi infancia y de mis anhelos.  Por edad y contexto me ha sido fácil identificarme con lo que narra esta novela. Yo vengo de una familia trabajadora y  humilde muy similar a la de Luis Landero. Una familia urbana con hondas raíces rurales que perdió la guerra y en la que se nos instaba a hacernos personas de provecho como llave del ascenso social. Familias capaces de sacrificar lo indecible por sus hijos. Igual da el barrio de Prosperidad en Madrid con una familia de emigrantes extremeños en los años sesenta que otra de Poble Nou en Barcelona con emigrantes aragoneses o del barrio de Orriols en Valencia con manchegos,  incluso mi propia familia sin emigrantes pero de humildes urbanos. Las historias son universales. Me duele que cierto desarrollismo haya hecho desmemoriadas a muchas personas  con sus orígenes como si haber sido pobre fuese una vergüenza. El que se niega a sí mismo es capaz de terribles villanías.

Desde su balcón Luis Landero ha compuesto una de las novelas más bellas y profundas de los últimos años. Una novela autobiográfica que va más allá del viaje interior, del ajuste de cuentas con el padre para acabar haciéndole desde la comprensión un homenaje sentimental. Retrato del éxodo rural, de la época delos Planes del Desarrollo franquistas, pero desde la introspección y la emoción. Novela de memoria y sentimientos a flor de piel que se convierte en una profunda reflexión sobre la literatura y el hecho de escribir como fijación del recuerdo en negro sobre blanco.

El balcón en invierno, lejos del neorrealismo –los años sesenta sólo han aflorado así-, me ha evocado una poética, con perdón de los que no opinen lo mismo, muy próxima la  Mamma Roma de Pasolini o Los chicos de Marco Ferreri, y no sólo por la época, sino por la fuerza que encierra.  Landero con una tremenda sencillez abre emociones con cada palabra, con la enumeración como registro, y confiere al texto una bellísima musicalidad poética.  Instantáneas vitales de una gran potencia emocional. Son muchos los pasajes que destacaría al respecto,  pero si tuviera que quedarme con uno, elegiría el de la visita al hospital momentos antes de la muerte del padre y  su continuación con la promesa o propósito de futuro del hijo ante el féretro durante el velatorio.

He de confesar que hasta ahora no he sido un lector impenitente de Luis Landero. Me había gustado su primera novela,  Juegos de la edad tardía, aunque  Caballeros de fortuna me gustó menos. Tras un largo paréntesis volví con Retrato de un hombre inmaduro. Pero siempre vi  en su literatura una gran coherencia en la que no andaban muy lejos los clásicos.  El balcón en invierno me ha invitado a leer  toda su obra. El invierno es largo y necesito un balcón que me abra a la vida, porque como dice Landero al fin de esta novela, “en cada instante, en cada frase, en cada suspiro, en cada pequeño acontecer, lo trivial y lo misterioso van en partes iguales. Eso es todo y no hay más que contar. Un grano de alegría, un mar de olvido”.

Publicado en 360gradospress. nº381


OLVIDADO ONETTI


Se cumplen veinte años de la muerte del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti. Una exposición en Madrid, algunos artículos publicados en prensa  y poco más es lo que está dando de sí este aniversario.  Triste, muy triste por la poca presencia y el poco interés despertado. Ni siquiera se ha hecho una edición conmemorativa de alguna de sus obras. Bien es cierto que  sus novelas más conocidas empezaron a ser reeditadas por Seix Barral allá por el 2000, apareciendo en bolsillo años más tarde, y de manera intermitente,  en Punto de Lectura; además, Galaxia Gutenberg  finalizó la edición de sus obras completas en 2009. Pero a nadie le amarga un dulce y menos un libro de Onetti.  Eso es lo que creo yo, que en esto de las creencias y preferencias literarias parece que voy a contracorriente. Con este aniversario y la reedición de alguno de sus títulos más emblemáticos  el autor de Cuando ya no importe   hubiera vuelto a la mesa de novedades de las librerías y más de un lector le  hubiera descubierto o releído.  Este es el deseo y la realidad editorial, de momento, es otra bien distinta.

Juan Carlos Onetti es una de las voces más personales de la narrativa latinoamericana. Periodista y escritor, empezó a publicar hacia 1931 y gran parte de su obra literaria más significativa  ya había aparecido antes  del famoso boom de la literatura hispanoamericana, aunque algunos títulos fueron coetáneos de Rayuela de Julio Cortázar y La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa, punto de partida del boom según los estudiosos. No obstante, y esto también se dice con frecuencia, fue gracias a la insistencia de  Carmen Balcells, la agente de Onetti y de la mayoría de autores del boom, cuando la obra empezó a conocerse internacionalmente.  El Premio Cervantes le llegó en 1980.

Acercarse a Onetti es aproximarse  a una manera muy especial de entender la escritura, a un mundo alternativo de la ficción, como muy bien explicó Vargas Llosa en el ensayo que le dedicó al uruguayo. Heredero de William Faulkner y Joseph Conrad, el mundo de Onetti es un mundo lóbrego, asfixiante y cruel. Un mundo desesperante que se convierte en metáfora de la vida humana, lo que hace que sea considerado como el más existencialista de los escritores hispanoamericanos. En esa metáfora vital aparece una ciudad, una geografía imaginaria y visceral: Santa María. Una ciudad, comparable al faulkneriano condado de Yoknapatawpha, que se convierte en el escenario mítico, en el infierno asfixiante de gran parte de las novelas y cuentos de Onetti, pero sobre todo en el microcosmos imaginario urbano y moral en el que transcurren tres de sus más prestigiosas novelas : La vida breve, El astillero y Juntacadáveres.  En Santa María vive Larsen, el sórdido Juntacadáveres, sin duda uno de los personajes más inquietantes de la literatura hispanoamericana contemporánea. De  Santa María lo expulsan y a Santa María vuelve como en el eterno retorno.

La prosa de Onetti es de frases largas y densas, casi tan opresivas como los ambientes y psicologías que describen con  vocabulario muy concreto, muy conceptual, en el que nada es gratuito. Una poética propia en la que impera el dominio de la palabra, de las atmósferas y de los personajes. En sus novelas no hay concesiones. Su prosa es fuerte, recia, directa al estómago. Mensajes claros y certeros, con la adjetivación necesaria,  sin florilegios vacuos amables a la galería.


Onettti es uno de los grandes de la literatura universal; sin duda, el más duro y comprometido de los autores hispanoamericanos.  Hoy, en este mundo tan dado al amaneramiento literario, echamos en falta novelistas como él. Por eso me alegra y me entristece a la vez  la timidez del aniversario. Es como como las dos caras de una misma moneda. Tal vez una de las que lleva Larsen en el bolsillo por el viejo y destartalado astillero de Santa María. Pero más allá de sus conmemoraciones siempre queda Onetti, sus libros y sus cuentos.


Publicado en 360gradospress. nª281 Noviembre 2014