sábado, 21 de abril de 2012

LA BANCA Y SUS DEUDORES: LA PEQUEÑA DORRIT YA VIVE EN ESPAÑA




Esta misma semana el Director General de Supervisión del Banco de España, José María Roldán, ha señado en una presentación en Londres que los bancos españoles tendrán coberturas equivalentes al 87% del valor del suelo ante posibles caídas de su precio y del 56% en el caso de las viviendas. Roldán ha presentado estas cifras en la capital británica como inicio de una gira que le llevará también a varias ciudades asiáticas, como Singapur, Hong Kong y Tokio. En su presentación, explicó la dureza que la reforma financiera va a tener este año en los activos inmobiliarios de la banca.

¿Quiere decir que esta rebaja del 56% será aplicable a la vivienda de un particular al que el propio banco ha desahuiciado por impago de cuotas y, encima, sigue pagándole o le tiene intervenida la nómina porque no ha cubierto el valor total de la hipoteca? ¿Por qué se acepta esto y no la dación en pago? Vale que hay que solucionar los problemas generados por la burbuja inmobiliaria, pero me parece una vergüenza que en este país se siga beneficiando a la banca en detrimento de los ciudadanos a los que cada vez se les aprieta más el cuello.

La deuda pública española no tenía graves problemas. El verdadero problema era y es la deuda privada, especialmente la deuda financiera resultado de activos tóxicos y otros juegos especulativos. Es intolerable que se trate de convertir la deuda privada en  pública. Ya está bien de salvar a la banca que ha sido la causante de muchos de nuestros problemas, y encima siga ganando. Ya está bien de proteger la usura y convertirla en un valor en contra de las políticas sociales. Ya está bien de apoyar a la banca y no a las familias, trabajadores autónomos, pymes y microempresas para que se genere empleo.

Si no se toman medidas urgentes de otro tipo, muchísimos ciudadanos de esta país van a tener que trabajar en negro el resto de su vida porque tienen intervenenidas sus nóminas  por impago de hipotecas y otros créditos más allá de su esperanza de vida. Leed La pequeña Dorrit, de Charles Dickens. Amy, la heroina, vive en Marshalsea, una famosa prisión de deudores en el Londres victoriano. Allí eran encarcelados los morosos e insolventes, sin posibilidad de trabajar, hasta que pagaban su deuda. En muchos casos el deudor pasaba décadas encarcelado o moría en prisión  sin haber sido amnistiado ante la imposibilidad de resolver su situación. ¿Nos os parece que nuestroa país se ha convertido en un gran Mashalsea y que la pequeña Dorrit se ha nacionalizado española?

EN TORNO A ERRI DE LUCA

Descubrí a Erri De Luca hace más de diez años, cuando apareció en nuestro país Tú, mío. La novela había llegado avalada por su éxito en Italia lo que, sin duda, animó a Mario Muchnik a su publicación en español. Aquella historia ambientada en los años cincuenta y protagonizada por una pareja de adolescentes me fascinó. Inmediatamente me interesé por su autor hasta el punto de buscar en las librerías algún título más. Así llegué a su primera novela Aquí no, ahora no, que también había sido publicada ese mismo año por Akal, esta vez diez años después de su aparición en italiano. He de confesar que las emociones que me produjo esta ópera prima superaron con creces a las experimentadas con Tú, mío. Su estructura seguía las percepciones del narrador al observar unas viejas fotografías familiares y me recordó el inicio de Memorias de una joven formal, de Simone de Beauvoir, una autora desgraciadamente poco leída en la actualidad. Pero esa es otra historia.

Desde el año 2000, y para deleite de los pocos lectores entre los que me encuentro, las obras de Erri De Luca han ido llegando al público español con normalidad. Hace tan sólo unas semanas apareció su última novela, Los peces no cierran los ojos, que aún debe estar por la mesa de novedades de más de una librería, tanto en la edición castellana de Siruela como en la valenciana de Bromera. Si antes me he referido al deleite de unos pocos ha sido porque, a pesar de los elogios de la crítica, este autor no deja de ser minoritario en nuestro país. Merecería muchos más lectores de los que cuenta en la actualidad, de verdad. Si consigo con este artículo que alguien acabe con libro suyo entre las manos, me daré por más que satisfecho; si encima le gusta y emociona, la dicha será más que plena. Será la leche.

Ex obrero de Fiat, albañil, camionero, fundador del movimiento revolucionario de extrema izquierda “Lotta Continua”, alpinista, traductor de la Biblia y escritor, Erri De Luca es una rara avis en el universo de las letras. Sus libros son escuetos, concisos, pero no por ello carentes de profundidad. Escritos con prosa austera, sin adornos, directa y elegante, nos abren una ventana a la vida, a la memoria, que en definitiva no deja de ser lo mismo. Pero no a la memoria como consuelo, como búsqueda del paraíso perdido, sino como experiencia, como fuente de conocimiento, como principio creativo. Una vuelta al pasado infantil y adolescente como punto de partida del aprendizaje vital, como fijador de experiencias y valores, siempre sin nostalgia. Una peculiar revisitación de la madalena de Proust en la que se cambia Combray por Nápoles y el Barón de Charlus por sabios zapateros, albañiles y pescadores.

La ficción construida a partir de la memoria de la adolescencia es el eje vertebrador de la novelística de Erri De Luca. La memoria de las vivencias sencillas en las que siempre aparece un adulto ajeno al entorno familiar ejerciendo el magisterio de la vida, de la Historia, de los valores. Unos maestros populares que aportan su experiencia, su lógica y su razón, para que el adolescente ficcionado que fue o aspiró a ser el escritor napolitano encuentre su camino. Así son el zapatero judío de Montedidio, el albañil tutilimundi de El día antes de la felicidad o el pescador de Los peces no cierran los ojos, todos ellos personajes lucanianos inolvidables.

Y todo en el Nápoles de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Una ciudad con las heridas abiertas por la guerra. Un paisaje urbano que funciona a la vez como contexto y pretexto. En sus calles se vive, se siente, se descubre un universo pobre pero sin marginalidad. Aquí no están los “ragazzi di vita” de Pasolini. El Napolés de Erri De Luca une lo público y lo privado en un todo único e indisoluble, al igual que el Nápoles que aflora en las novelas de Anna Maria Ortese, otra escritora también injustamente olvidada.

Bien es cierto que existe cierta similitud entre Nápoles y Valencia, no en balde ambas son ciudades marítimas de la Antigua Corona de Aragón. Por tanto, es obvio que ello pueda influir en mi fascinación por las novelas de este autor. Sin embargo, identificarse y emocionarse por una simple relación de espacio y tiempo me resulta una justificación demasiado simplista. Lo local es una manera de aproximarse a lo universal. De esta forma debemos entender a Erri De Luca. Un clásico que, como apostillaría Italo Calvino, se configura como equivalente del universo a semejanza de los antiguos talismanes. Cuando lo leáis, nos tomamos un café y hablamos.

Publicado en 360gradospress









DE LA CULTURA DE LA SUBVENCIÓN A LA CULTURA DE LA DESGRAVACIÓN

Vivimos tiempos en los que la tijera campa a sus anchas. Recortes presupuestarios por doquier y arcas completamente vacías. Todos los sectores están tocados, pero el de la cultura lo está en demasía. Basta dar un simple vistazo para descubrir un panorama nada halagüeño: el Liceo de Barcelona con su ERE y su programación peligrando a pesar de que los trabajadores han sacado pecho; el Palau de les Arts Reina Sofía con menos óperas programadas y algunas en concierto; el IVAM con exposiciones de contenido y presupuesto low cost; auditorios con programaciones raquíticas; teatros públicos sin nada que ofrecer. Todo ello con los consiguientes miles de puestos de trabajo destruidos o con la espada de Damocles en la cabeza. Esto es lo que hay y el futuro es menos esperanzador. Si las Administraciones públicas tienen poco presupuesto en este momento menos van a tener el año que viene. Urge, por tanto, tomar medidas para que los museos, los teatros y los auditorios públicos puedan seguir adelante con sus programaciones y sigan manteniendo a sus trabajadores directos e indirectos. Si esto no se remedia pronto, el Museo Reina Sofía, El Liceo o el Palau de les Arts, entre otras muchas instituciones culturales de nuestro país, corren el peligro de echar el cerrojo con el consabido aumento de la dolosa nómina de los espacios de la nada que hay que mantener para que no se caigan aunque no sirvan para nada.

Ante los bolsillos escurridos hay buscar fórmulas de financiación que permitan avanzar con la cultura. No empecemos con el cómo pudo ser y no fue. En estos momentos sirve de bien poco lamentarse si lo que queremos es avanzar con la cultura. Hasta ahora estábamos acostumbrados a que el Estado lo pagaba todo, pero si queremos tener programación en nuestros museos, en nuestros teatros o en nuestras salas públicas de conciertos, tenemos que buscar nuevas fórmulas porque la cultura de la subvención se ha acabado, nos guste o no. Es urgente una nueva ley de Mecenazgo que permita la intervención de la sociedad civil en la financiación de la cultura. Hay que tomar medidas que atraigan la inversión privada en la cultura pública. Es la única manera. La ley de 2002, en vigor, permite a los particulares desgravar hasta un 25% de IRPF de lo aportado a instituciones artísticas; en el caso de las empresas, la parte del impuesto de sociedades devuelta llega hasta el 35%. Pero es un porcentaje insuficiente o poco atractivo para que los inversores se animen a adelantar el dinero. Aún estamos muy lejos de los porcentajes de Francia o Inglaterra con un 60% o 70%, y más todavía de EE.UU. donde se llega incluso al 100%.

El año pasado el PP propuso en la Comisión de Cultura incrementar la deducción del IRPF de la personas físicas del 25% al 70% de la base en las donaciones y aportaciones del mecenazgo, y en el caso de las personas jurídicas aumentar la base de deducción del 35% al 60% del impuesto de sociedades. Veremos si esto se cumple con la nueva Ley de Mecenazgo sobre la que el ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, ya ha anunciado su inminente puesta en marcha.

Es necesario, pues, el paso regulado de una cultura de la subvención a una cultura de la desgravación en el que, ante la imposibilidad de las Administraciones públicas de poder asumir la gestión cultural, se facilite el acceso de la sociedad civil a estos menesteres. Además hay que acabar de una vez por todas con la cultura a merced del partido gobernante, sea cual sea su color. Hay que apostar por fórmulas mixtas que no permitan dejarlo todo a merced del patrocinador privado, ni el contenido ni las actividades financiables. No todos los resortes del liberalismo económico son aplicables a la cultura; el pan y toros, tampoco. Hay que buscar fórmulas mixtas de consenso. Pero mientras éstas se buscan son necesarias campañas de sensibilización que ayuden a convencer a los inversores de las ventajas de invertir en cultura, especialmente en imagen y responsabilidad social corporativa. Estas campañas de sensibilización deben apostar por el respeto y la independencia creativa de los artistas y defender las premisas de una cultura universal pública. Con las fórmulas elegidas todos tenemos que salir ganando. Nadie, ni el artista, ni la institución financiada, ni el público tiene que sentirse devaluado porque junto a su nombre aparece la marca de una cadena de hamburgueserías o de telefonía móvil. Tampoco el patrocinador debe apretar mucho para imponer sus criterios si estos son contrarios a la política cultural universal y democrática, ni los gestores de la administración deben imponerle ruedas de molino. Hay que encontrar fórmulas mixtas con raciocinio.

De momento una institución como el Museo del Prado ha encontrado un patrocinio con Telefónica. Esperemos que otras empresas se animen. El problema no lo van a tener los grandes museos, ni los teatros de referencias, sino las instituciones culturales dependientes de las administraciones locales y autonómicas. Si no se regula pronto y bien, tendremos una cultura de capital del país y otra de periferia casi inexistente. Vale.

Publicado en 360gradospress