lunes, 24 de diciembre de 2012

VIDAS MINÚSCULAS


Releyendo Vies minuscules, de Pierre Michon. Novela de biógrafo biografiado o autobriografía hecha a partir de la reconstrucción de las vidas ajenas. Novela de novela. Un francés que parace orteguiano. Una cita: allí escribe las mil novelas de las que está hecho el porvenir y que el porvenir deshace. Nuestra vida cobra sentido en las vidas de los otros y viceversa. Ser y parecer; sentido y memoria. Recuerdo. La consabida magdalena de Proust hecha vida. Tal vez el día que es trae esta reflexión: Nochebuena.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

EL CORDERO CARNÍVORO



Tomando como nombre el famoso local de Zurich donde surgió el movimiento Dadá en 1916, Cabaret Voltaire irrumpió en 2006 en el panorama editorial independiente con un catálogo exquisito, principalmente dedicado a autores franceses y de otras nacionalidades que habían escrito en francés, todos ellos con obras inéditas en español o descatalogadas. Un catálogo no demasiado amplio, pero sí sobradamente sugestivo, que ha ido creciendo en estos seis años hasta configurar un abanico temporal y cultural que va desde autores consagrados del siglo XIX como Stendhal , Balzac, Zola o Flaubert, pasando por vanguardistas como Crevel y Desnos o del periodo de entreguerras como Gide y Cocteau, hasta llegar a la época actual con escritores de la talla de Patrick Modiano. Últimamente al catálogo le ha pasado un poco como a Enrique Vila-Matas y ha dirigido su mirada hacia el mundo anglosajón incluyendo en su nómina de escritores a Stephen Spender , Robin Maugham o Joe Orton, de quién Cabaret Voltaire ha recuperado sus Diarios.


En este catálogo el escritor almeriense Agustín Goméz Arcos ocupa un lugar muy destacado, cuya recuperación de sus novelas escritas en francés se ha convertido casi en una razón de ser para sus editores españoles. Dramaturgo, novelista, ensayista, poeta y traductor – tradujo a Jean Giraudoux, entre otros- , Gómez Arcos ha sido injustamente olvidado en nuestro país, sobre todo en una época en que ser escritor de izquierdas, iconoclasta y homosexual no era la mejor carta de presentación. Se le recuperó en los tiempos de Felipe González, pero luego, obviamente, cayó en el olvido.


Ganador dos veces del premio Lope de Vega en los años sesenta, Gómez Arcos se tuvo que exiliar al ver como sus obras se estrenaban muy censuradas o directamente se prohibían. Tras vivir en Londres durante un par de años, se afincó en París en 1968, donde desarrolló su carrera en los café-teatros del Barrio Latino trabajando como actor, dramaturgo, e incluso como camarero, y estrenando algunas de sus obras con éxito. Fue en 1974 cuando el editor de Stock, tras haber asistido a la representación de una obra suya en el Café-Théâtre de l’Odéon, le propuso escribir una novela en francés. Goméz Arcos aceptó el reto y en 1975 publicó L’agneau carnivore (El cordero carnívoro) que consiguió el Premio Hermés de ese año. A partir de ese momento se convirtió en un autor respetadísimo, en Francia, publicando un total de catorce novelas, todas ellas escritas en francés, y cosechando numerosos premios. En 1985 fue nombrado caballero de la Orden las Artes y las Letras francesas, y diez años más tarde consiguió el grado de Oficial. Murió en 1998 y está enterrado en París.


Aunque algunas de sus obras teatrales se repusieron en España con cierto éxito a principios de la década de los noventa, sus novelas, a excepción de Marruecos, no se habían traducido jamás al español. Esta es la valiosa tarea que está haciendo Cabaret Voltaire desde 2007. Quiero detenerme en la primera, en El cordero carnívoro. Esta novela atípica, dura y metafórica, puede ser un buen acercamiento a la novelística – y poética- de Gómez Arcos, en la que no faltan sus temas preferidos: la libertad, el amor, el sexo, la religión, la guerra civil o el franquismo, la memoria. El recuentro de dos hermanos en la antigua casona familiar tras años de ausencia es el hilo argumental de una historia de amor incestuosa en el seno de una familia burguesa en plena dictadura franquista. Con claras influencias de Genet, Bataille o Artaud, y con ciertos aires lorquianos y valleinclanescos, Goméz Arcos teje una metáfora de la España franquista, de la intolerancia, del aislamiento en la que no deja títere con cabeza. Una madre, Matilde, totalmente Bernarda Alba; una criada, Clara, deudora de la Poncia lorquiana; los adefesios de don Pepe y don Gonzalo, representantes de la escuela y la iglesia; la figura sensual y silenciosa de Carlos, el padre perdedor y fracasado; y por encima de todos Antonio e Ignacio, los dos hermanos, los dos amantes capaces de hacer brotar la libertad en medio de la reclusión y la intolerancia. Todos ellos personajes de este poema en prosa de múltiples significados. El fuerte y el débil, lo masculino y lo femenino confluyente en lo masculino, la provocación ante la hipocresía y los complejos de clase. Todo convive en esa casa aislada que recuerda la casa y los habitantes de la película Ana y los lobos, de Carlos Saura. Todo deambula en este extenso monólogo interior ante la omnipresencia de esa piel de cordero forrada de rosa, ese cordero carnívoro que da título al libro y que todo lo fagocita.


Con un estilo muy poético, con un cuidado lenguaje, en el que a veces parece que estemos ante las acotaciones de una obra de teatro, con una cuidada adjetivación y un vocabulario muy preciso, Gómez Arcos compone un texto de gran belleza, de gran dimensión figurativa, nada amanerado, nada ramplón, en el que cada párrafo es un puñetazo al lector. Todo un ejercicio de gran literatura en estos momentos de baja estofa narrativa que nos toca vivir. Eso sí, no apta para lectores complacientes.


Alguno puede apostillar que la novela tiene imperfecciones. ¿Qué obra no las tiene?. Es cierto que adolece en algunos momentos de esquematismo. No lo niego. Pero su portentoso lenguaje hace olvidar rápidamente las deficiencias. He aquí su grandeza.


Y un valor añadido: el libro comienza con un bellísimo prólogo de Luis Antonio de Villena.


Una novela de lectura obligatoria.

martes, 11 de diciembre de 2012

NO TODO EN EL POP ART FUE EL BOTE DE LA SOPA CAMPBELL's


Equipo Realidad. Entierro del estudiante Orgaz (1965-66)

A veces creemos que las casualidades son intencionadas, pero no es así. Las circunstancias, el tiempo y la memoria se alían para hacernos creer que lo casual es premeditado, o viceversa, que todo puede ser, aunque en realidad no deja de ser una ilusión que obra en el interior de nosotros mismos.


El juego del azar ha hecho coincidir en Valencia las exposiciones del Equipo Realidad, Antoni Miró y Juan Genovés, todos ellos artistas que, en los años setenta y ochenta del pasado siglo¸ utilizaron la pintura como un elemento de crítica social capaz de expresar su compromiso político y su lucha contra el franquismo y las desigualdades sociales. Mientras una coincidencia fortuita ha hecho que estas exposiciones copen gran parte del espacio expositivo público valenciano en medio de una desaforada crisis económica como la que vivimos, el tiempo y la memoria nos han hecho comprobar que muchas de las temáticas que aparecen en estos cuadros siguen estando vigentes. Paralelismos de la realidad o el tiempo cíclico. Ojalá el contemplar estas pinturas tuviera un efecto espejo para el espectador y le invitara a la toma de conciencia, como ocurrió hace cuatro décadas. Ello nos llevaría a reflexionar sobre el compromiso social del artista, el diálogo entre la obra y el espectador, la interacción, o el arte como arma política para cambiar la sociedad.


El artista es hijo de su tiempo y debe reaccionar ante él. Es algo obvio. Tiene un compromiso ético, una ética de la responsabilidad frente a la sociedad y su entorno, aunque gran parte de los artistas actuales prefieren ignorarla. Vivimos inmersos en una corriente de pensamiento blando en el que, exceptuando honrosas excepciones, se prefiere el lamento a la acción, el sueño al objetivo, el anhelo escatológico del más allá a la posibilidad de cambiar el mundo en el más acá. Opciones libres, comodidad o pensamiento neutralizado, que de todo hay. Y que conste que no trato de hacer un alarde de alharacas de librepensador comprometido ni de ñoño utópico nostálgico próximo al abuelo Cebolleta. Nada de eso. No hace falta tener muchas luces para descubrir que son muy pocos los artistas españoles comprometidos con su aquí y ahora dispuestos a utilizar las disciplinas artísticas, ya sea desde lo formal o desde el contenido, como un medio activo para cambiar el mundo.


El Equipo Realidad lo intentó en su momento y marcó una época de la pintura valenciana de la segunda mitad del siglo XX. Prueba evidente de ello es la exposición que podemos ver hasta finales de enero en La Nau. Integrado por Jordi Ballester y Joan Cardells, y adscrito a la corriente valenciana de la Crónica de la Realidad, creada por Vicente Aguilera Cerni e impulsada por Tomás Llorens y el movimiento Estampa Popular, este colectivo se adentró en los terrenos del realismo crítico que surgió en nuestro país en la década de los sesenta para reaccionar contra el informalismo e introducir la nueva figuración francesa y el Pop Art.


Atraídos por la imagen de la realidad, no por la realidad en sí, y partiendo de las imágenes de la cultura de masas y de la imagen fotográfica de lo cotidiano, el Equipo Realidad desarrolló una pintura de fuerte carga satírica que denunciaba, y aún denuncia, la guerra, la intolerancia, el totalitarismo, la función del arte, el consumismo o el modelo pequeño-burgués. Para este colectivo la pintura fue crítica social y compromiso político. Un vehículo para mostrar la distancia entre la España real y la España oficial del franquismo a través de sus imágenes. Creyeron que el arte era un agente del cambio social que podía transformar la estructura político-social. Este fue el pensamiento, la realidad fue otra. Pero lo intentaron y mientras desarrollaron su pintura estuvieron convencidos de sus anhelos.


La exposición de La Nau hace un repaso de las dos etapas del colectivo durante sus diez años de existencia, desde 1966 a 1976. De la primera etapa, centrada en la crítica de la sociedad burguesa con gran influencia del pop art, podemos contemplar obras como Entierro del estudiante Orgaz, Divina proporción, El palco, Il matrimonio; de la segunda época, centrada en ciclos temáticos muy reflexivos sobre el arte, el retrato, la guerra, el franquismo, podemos disfrutar de algunos cuadros memorables de las series Retrato del retrato de un retrato de…, Hazañas bélicas o Cuadros de Historia, esta última con obras sobre la Guerra Civil Española y el impresionante Recepción oficial, que cierra la exposición y pone punto y final a la trayectoria del Equipo Realidad.


Y por aquello de cerrar con más casualidades, resulta curioso que las exposiciones del Equipo Realidad, Antoni Miró y Juan Genovés estén coincidiendo en Valencia con otras muestras de artistas coetáneos como Andy Warhol y Manolo Valdés, también seguidores del pop art. Es como si el azar hubiese convertido a la ciudad en la capital del pop art. Una buena ocasión para comprobar que en este movimiento no todo fue el bote de sopa Campbell's. Digo.