miércoles, 19 de diciembre de 2012

EL CORDERO CARNÍVORO



Tomando como nombre el famoso local de Zurich donde surgió el movimiento Dadá en 1916, Cabaret Voltaire irrumpió en 2006 en el panorama editorial independiente con un catálogo exquisito, principalmente dedicado a autores franceses y de otras nacionalidades que habían escrito en francés, todos ellos con obras inéditas en español o descatalogadas. Un catálogo no demasiado amplio, pero sí sobradamente sugestivo, que ha ido creciendo en estos seis años hasta configurar un abanico temporal y cultural que va desde autores consagrados del siglo XIX como Stendhal , Balzac, Zola o Flaubert, pasando por vanguardistas como Crevel y Desnos o del periodo de entreguerras como Gide y Cocteau, hasta llegar a la época actual con escritores de la talla de Patrick Modiano. Últimamente al catálogo le ha pasado un poco como a Enrique Vila-Matas y ha dirigido su mirada hacia el mundo anglosajón incluyendo en su nómina de escritores a Stephen Spender , Robin Maugham o Joe Orton, de quién Cabaret Voltaire ha recuperado sus Diarios.


En este catálogo el escritor almeriense Agustín Goméz Arcos ocupa un lugar muy destacado, cuya recuperación de sus novelas escritas en francés se ha convertido casi en una razón de ser para sus editores españoles. Dramaturgo, novelista, ensayista, poeta y traductor – tradujo a Jean Giraudoux, entre otros- , Gómez Arcos ha sido injustamente olvidado en nuestro país, sobre todo en una época en que ser escritor de izquierdas, iconoclasta y homosexual no era la mejor carta de presentación. Se le recuperó en los tiempos de Felipe González, pero luego, obviamente, cayó en el olvido.


Ganador dos veces del premio Lope de Vega en los años sesenta, Gómez Arcos se tuvo que exiliar al ver como sus obras se estrenaban muy censuradas o directamente se prohibían. Tras vivir en Londres durante un par de años, se afincó en París en 1968, donde desarrolló su carrera en los café-teatros del Barrio Latino trabajando como actor, dramaturgo, e incluso como camarero, y estrenando algunas de sus obras con éxito. Fue en 1974 cuando el editor de Stock, tras haber asistido a la representación de una obra suya en el Café-Théâtre de l’Odéon, le propuso escribir una novela en francés. Goméz Arcos aceptó el reto y en 1975 publicó L’agneau carnivore (El cordero carnívoro) que consiguió el Premio Hermés de ese año. A partir de ese momento se convirtió en un autor respetadísimo, en Francia, publicando un total de catorce novelas, todas ellas escritas en francés, y cosechando numerosos premios. En 1985 fue nombrado caballero de la Orden las Artes y las Letras francesas, y diez años más tarde consiguió el grado de Oficial. Murió en 1998 y está enterrado en París.


Aunque algunas de sus obras teatrales se repusieron en España con cierto éxito a principios de la década de los noventa, sus novelas, a excepción de Marruecos, no se habían traducido jamás al español. Esta es la valiosa tarea que está haciendo Cabaret Voltaire desde 2007. Quiero detenerme en la primera, en El cordero carnívoro. Esta novela atípica, dura y metafórica, puede ser un buen acercamiento a la novelística – y poética- de Gómez Arcos, en la que no faltan sus temas preferidos: la libertad, el amor, el sexo, la religión, la guerra civil o el franquismo, la memoria. El recuentro de dos hermanos en la antigua casona familiar tras años de ausencia es el hilo argumental de una historia de amor incestuosa en el seno de una familia burguesa en plena dictadura franquista. Con claras influencias de Genet, Bataille o Artaud, y con ciertos aires lorquianos y valleinclanescos, Goméz Arcos teje una metáfora de la España franquista, de la intolerancia, del aislamiento en la que no deja títere con cabeza. Una madre, Matilde, totalmente Bernarda Alba; una criada, Clara, deudora de la Poncia lorquiana; los adefesios de don Pepe y don Gonzalo, representantes de la escuela y la iglesia; la figura sensual y silenciosa de Carlos, el padre perdedor y fracasado; y por encima de todos Antonio e Ignacio, los dos hermanos, los dos amantes capaces de hacer brotar la libertad en medio de la reclusión y la intolerancia. Todos ellos personajes de este poema en prosa de múltiples significados. El fuerte y el débil, lo masculino y lo femenino confluyente en lo masculino, la provocación ante la hipocresía y los complejos de clase. Todo convive en esa casa aislada que recuerda la casa y los habitantes de la película Ana y los lobos, de Carlos Saura. Todo deambula en este extenso monólogo interior ante la omnipresencia de esa piel de cordero forrada de rosa, ese cordero carnívoro que da título al libro y que todo lo fagocita.


Con un estilo muy poético, con un cuidado lenguaje, en el que a veces parece que estemos ante las acotaciones de una obra de teatro, con una cuidada adjetivación y un vocabulario muy preciso, Gómez Arcos compone un texto de gran belleza, de gran dimensión figurativa, nada amanerado, nada ramplón, en el que cada párrafo es un puñetazo al lector. Todo un ejercicio de gran literatura en estos momentos de baja estofa narrativa que nos toca vivir. Eso sí, no apta para lectores complacientes.


Alguno puede apostillar que la novela tiene imperfecciones. ¿Qué obra no las tiene?. Es cierto que adolece en algunos momentos de esquematismo. No lo niego. Pero su portentoso lenguaje hace olvidar rápidamente las deficiencias. He aquí su grandeza.


Y un valor añadido: el libro comienza con un bellísimo prólogo de Luis Antonio de Villena.


Una novela de lectura obligatoria.

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