sábado, 21 de febrero de 2015

LOS HUESOS DE CERVANTES Y EL PAÍS DE TRAPISONDA



A lo largo de mi vida he vivido varias búsquedas esperpénticas de huesos ilustres.   A principios de los noventa, cuando trabajaba en el magazine de la mañana de la aniquilada radio pública valenciana, cubrimos e incluso abrimos una sección fija a la increíble búsqueda de los huesos de Luis de Santángel, el converso valenciano que sufragó parte de la expedición de Cristóbal Colón en el descubrimiento de América. Aquello fue digno del país de Trapisonda y contó con la participación de un adinerado matrimonio de judíos norteamericanos, la desquiciada concejala de cultura del Ayuntamiento de Valencia, en aquellos años en manos de una desaforada Unió Valenciana, y unos cuantos ofrendantes más de rancias glorias regionalistas. Bien es cierto, que en aquellos años y desde aquella enloquecida concejalía valenciana, igual se buscaban los restos de Luis de Santángel que la pata de una mesa de estilo pompeyano que perteneció a Vicente Blasco Ibañez. Lo de la pata tuvo bemoles.

Por aquellos años también viví los embrollos de la tumba de un benefactor de la Cartuja de Vall de Crist, en Altura (Castellón), en la que aparecieron tres fémures tres. Esto trajo menos cola que lo de Santángel  y no trascendió a la prensa, aunque algún que otro chistoso hizo comentarios sobre la posible existencia de un fabuloso pene calcificado. Más suerte mediática tuvo el caso los colmillos que desde Argentina envió un anciano a la entonces alcaldesa de Segorbe (Castellón),  Olga Raro, pidiéndole que los enterrará  en la tumba de sus padres, ya que no podía regresar a su pueblo para morir, como hubiera sido su deseo, al encontrarse muy enfermo y sin dinero. Pero lo que podría haber sido un drama de emigrantes digno de ser cantado por Juanito Valderrama, se convirtió de pronto en un tremebundo culebrón familiar con sorna de cháchara mediterránea. Estos colmillos sacaron a luz una historia de adulterio y bigamia oculta durante años, porque la familia del anciano siempre contó a sus vecinos que éste había muerto en Argentina hacía años y que por eso habían regresado su viuda y sus hijos tristes y llorosos al pueblo.  Se creyó, pues, que era más respetable  y digno de conmiseración crear una falsa viuda que una cornuda objeto de burlas. Pero los colmillos resucitaron al muerto y cambiaron los lutos por una historia negra.

Estos días el sainete de la búsqueda de los huesos de Miguel de Cervantes en la cripta del convento de San Idelfonso de Madrid llena las páginas de los periódicos. Un encargo de la Sociedad Científica Aranzadi con una aportación de 50.000€ del Ayuntamiento de Madrid y otros 12.000€ que ya se aportaron en una fase prospectiva.  Esta búsqueda, aparte de tener mareadas a las monjas trinitarias, me ha hecho recordar las otras pesquisas óseas que viví más o menos en primera personas y relacionarlas todas entre sí con mucho humor, sobre todo porque las referencias para localizar los huesos de Don Miguel se basan en una calavera con solo seis dientes –igual entre estos hay un colmillo-, los impactos de los arcabuzazos que recibió en el pecho y en el brazo izquierdo el ilustre manco de Lepanto, y unos tobillos robustos resultado de la hidropesía que padecía.  De fémures nadie ha dicho nada por el momento, pero ya sabéis cómo se las gasta este hueso para multiplicarse.

Siempre me he preguntado el porqué de este empeño quimérico de las administraciones públicas en invertir importantes sumas de dinero público con este tipo de hazañas desatinadas. Nunca me contesto. Con las entidades privadas no me meto. Cada cual se gasta el dinero en lo que quiere o puede. Pero estas desquiciadas historias óseas acaban sin conseguir sus objetivos, porque ni la búsqueda de los restos de Luís de Santángel hizo que este judío converso ocupara un lugar de mayor relevancia en la historia del descubrimiento de América, ni los tres fémures del protector de la Cartuja de Vall de Crist libraron a este conjunto histórico-artístico tan sobresaliente de su posterior abandono,  ni el entierro de los colmillos en Segorbe palió los problemas de una familia rota por la emigración y el fracaso.

Con los huesos de Cervantes va a pasar lo mismo. Por muchos huesos que se localicen no se va a leer más El Quijote. Encima, me apuesto una comida a que entre los buscahuesos que trabajan en la cripta de las trinitarias hay más de uno que no  ha leído el gran libro cervantino ni piensa leerlo. ¿Por qué las administraciones públicas no dejan de subvencionar insensateces tan supinas?  Si tienen ganas de huesos que ayuden a los colectivos de la Memoria Histórica a localizar las fosas de los miles de ciudadanos de este país que fueron asesinados durante la Guerra Civil y la represión franquista. Cervantes no tiene hijas ni nietas a las que durante décadas  les han prohibido llorar y honrar la memoria de sus padres y abuelos asesinados, los muertos de las fosas sí. Pero en este país somos dados a la bulla irrazonable y eso nos pierde.  Yo invitaría a este atajo de empecinados sabuesos a que abandonen las pesquisas óseas y cambien los huesos de Cervantes por la lectura de El Quijote, no para que se identifiquen con Alonso Quijano, que también estaría muy bien,  sino para que les salte a las narices el pragmatismo de Sancho Panza, que falta les hace. Leyendo a Cervantes aprenderán qué es eso de la pureza de sangre y comprenderán a Luis de Santángel; se reirán a carcajadas con historias que bien podrían ser de fémures y colmillos, y respetarán el dolor de las  familias y la memoria de los muertos. Todo ello y más cosas en un sólo libro. No se honra mejor a un escritor que leyendo su obra, y la de Cervantes es muy valiosa.

Publicado en 360gradospress 20 febrero 2015

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